Recuerdo
que sólo me preocupaba por saciar mi necesidad de beber y comer o contar con
mis amiguitas para jugar incesantemente; algunas veces desfallecía de tanto jugar… no
importaba ni el tiempo ni el espacio, mi pensamiento solo aterrizaba al
escuchar el grito de mamá cuando decía - ¡China vení a comer!-.
La
ingenuidad y acuciosidad en el despertar de mis ocho años, no asomaba espacio
para otra cosa que levantarme pensando qué iba a jugar y con quién, pero la
rigurosa organización materna me recordaba el recién adquirido compromiso de
velar porque mis compañeros caninos, Milor y Melodía tuvieran siempre agua
limpia y fresca. Y antes de emprender la partida honré ese deber,
Cuando
Marina o Linervis no venían a mi casa, yo iba a la de ellas. Con frecuencia jugábamos a mamá y papá o
hacíamos de doctora o enfermera atendiendo pacientes, aunque debo admitir que
me apasionaba trepar árboles repletos de mangos, mamones, guayabas o corozos
que había en mi casa o en la de abuela Francisca. Cierto día pasé una
desagradable experiencia cuando me dispuse a desprender un ramillete de mamones
y me topé con un cacuro que expulsaba muchas avispas que hincaban sin piedad en
mi cara y cuello, No me explico cómo llegué tan rápido a la casa, entré y les
lancé la puerta de malla en la cara. Pasé días recibiendo las curas y caricias
maternas y a veces el regaño de mi padre por mi acto de desobediencia. Después
de ese día juré a papa Dios no volverlo a hacer.
En
esa época, confieso que era feliz sin saberlo. A mi memoria se agolpan frases
que solían decirme mis panas, pero que hoy arrebatan sonrisas - ¿Ya te cantó el
gallo?- solo años después entendí de qué se trataba-. Añoro también esa
inocencia y la despreocupación cotidiana, extraño el amor de mis padres, las
fiestas patronales de noviembre cuando adornábamos las calles con papelillos
color blanco y azul cielo, para esperar en la noche, sentada en el enlozado, la
procesión de la virgen La Milagrosa patrona del barrio. Cómo olvidar las
patinadas decembrinas, hasta conversar en el frente de la casa y saludar a mis
coterráneos del barrio El Poniente. ¡Cómo no supe que fui tan feliz en esos
días!
Ciertamente esos momentos de la vida son irrepetibles y de gran felicidad! pero te aseguro que recordándolos, te ríes sola! eso nos pasa a todos! =) De hecho, me imaginé y reí con cada relato que comentaste!
ResponderEliminar¡Qué recuerdos Zulaima! Lindos momentos que a veces quisiéramos volver a vivir pero que el Señor Tiempo no nos permite hacerlo, sólo quedan en nuestras mentes y en nuestros corazones.
ResponderEliminarCiertamente son momentos de mucha inocencia y felicidad, que al recordar quisiéramos que sucedieran nuevamente, pero como dice mi compañera yarilú "el factor tiempo no lo permite" y solo serán recuerdos felices! el presente es ahora y ser feliz, vivir en paz, armonía y hermandad es nuestra misión.
ResponderEliminarAmiga me encanto tu entrada. Cuando somos niños nada nos preocupa, nuestra inocencia nos lleva a veces a un mundo de felicidad que como tu dices no nos damos cuenta y que de adultos añoramos, pero esos recuerdos permanecen vivos en nuestros pensamientos, y lo mejor es que podemos compartirlos y sentir que estamos ahí otra vez.
ResponderEliminarProbervio maracucho el título de tu entrada :) que buenas memorias amiga, son momentos que no volverán, pero q a lo largo de tu vida reviviste con tus hijos y ahora con tus hermosos nietos. La vida es bella y es una sola, por eso hay que disfrutarla al máximo.
ResponderEliminar